Santa Josefina Bakhita

Bakhita nace en Sudán alrededor del año 1869 en un pueblo llamado Olgossa en la región de Darfur. Se encuentra al oeste de Nyala cerca del monte Agilerei.

Pertenecía al prestigioso pueblo Daju. Tenía una hermosa familia con tres hermanos y tres hermanas. “Viví una infancia muy feliz despreocupada, sin saber qué era el sufrimiento” dice en su autobiografía. En ese tiempo, ella desconocía su nombre y hablaba una lengua que era una mezcla de dialectos.

Esa infancia feliz se vio truncada a la edad entre los siete y nueve años, alrededor de 1877, cuando fue secuestrada por comerciantes árabes traficantes de esclavos. Su hermana mayor ya había sufrido la misma suerte dos años antes. Durante los 960 kilómetros que fue obligada a caminar por sus captores fue vendida dos veces hasta que llegó a El Obeid. Durante los siguiente doce años (1877-1889) fue revendida tres veces más y luego regalada. Durante esa época adopta el nombre que los esclavistas le habían dado, Bakhita, que en árabe significa “afortunada”, siendo obligada a convertirse al islam.

Foto: ACNUR

En El-Obeid es comprada por un jefe árabe importante que la destina como sirvienta al servicio de sus dos hijas. Se portaban bien con ella pero no dejaba de ser una esclava y en una ocasión sufrió una gran paliza a manos de unos de los hijos varones de su amo por haber roto un jarrón. Durante un mes Bakhita no pudo levantarse de su jergón de paja a causa de los azotes y golpes que le habían propinado.

Otro de sus amos fue un general turco que la destinó al servicio de su mujer y de su suegra. Las dos se comportaban muy cruelmente con los esclavos. Cuenta Bakhita en sus memorias que no recuerda un solo día en aquella casa sin que se le infligiera alguna agresión física. Junto a otros esclavos fue marcada. Sobre la piel se marcaban con harina blanca unas líneas que luego eran repasadas con una cuchilla para hacer profundo surcos que se rellenaban con sal para evitar que cicatrizaran. Mientras se hacía esto su ama observaba con el látigo en la mano. Bakhita tenía 114 dibujos sobre el pecho, la tripa y el brazo derecho.

A finales de 1882 se produjeron el El-Obeid amenazas y ataque revolucionarios mahdistas lo que provocó que el general turco regresara a su país vendiendo antes a sus esclavos.

Bakhita fue comprada en Jartum por el vicecónsul italiano Callisto Legnani que la trató con amabilidad y no la golpeó ni castigó. Dos años más tarde el vicecónsul tuvo también que regresar a Italia y Bakhita le rogó poder acompañarlo. Escapan ambos de Jartum con un amigo, Augusto Michieli, haciendo una arriesgado viaje de 650 kilómetros en camello hasta Suakin, el puerto más grande de Sudan desde donde parten hacia Italia.

Al llegar a Italia, en el puerto de Génova, los recibe la esposa de Augusto Michieli, María Turina Michieli a quien Augusto Michieli cede la propiedad de Bakhita. Sus nuevos dueños, que vivían en Zianigo, cerca de Mirano, al oeste de Venecia, la incorporan a su vida familiar como niñera de su hija Alice, a la que llamaban Mimmina.

Augusto Michieli tenía negocios en Sudán, como un hotel de lujo, y decidió vender sus propiedades en Italia para trasladarse definitivamente a vivir con su familia en Sudán. En ese momento la señora Michieli decide hacer una visita a su esposo y deja a su hija Mimmina y a Bakhita al cuidado de las hermanas Canosianas en Venecia (congregación fundada por Magdalena Canossa). Allí, entre los cuidados y atenciones de las hermanas, es donde Bakhita se encuentra por primera vez con el cristianismo. “Aquellas santas madres me instruyeron con heroica paciencia y me introdujeron a Dios a quien, desde mi más tierna infancia, había sentido en mi corazón sin saber quién era Él”.

Cuando la señora Michieli regresa para llevarse a su hija y a su criada, Bakhita se niega firmemente a acompañarla.  Turina trató de convencerla e incluso apeló a la vía legal para llevársela, contactando con el fiscal del rey mientras que la superiora del Instituto de los candidatos al bautismo (catecumenado) al que asistía Bakhita se ponía a su vez en contacto con el cardenal de Venecia para ponerle al corriente de la situación en la que se encontraba su protegida.

El 29 de noviembre de 1889, un tribunal italiano dictaminó que, debido a que los británicos habían abolido la esclavitud  en Sudán mucho antes del nacimiento de Bakhita y porque la ley italiana nunca había reconocido la esclavitud como legal, Bakhita nunca había sido legalmente una esclava. Por primera vez en su vida, Bakhita tuvo control de su propio destino y lo primero que hizo fue tomar la decisión de permanecer con las Canosianas.

El 9 de enero de 1890 fue bautizada con el nombre de Josefina Margarita Afortunada, que es la traducción latina del árabe Bakhita. El mismo día también recibió el sacramento de la confirmación y la santa comunión del arzobispo Giuseppe Sarto, el cardenal patriarca de Venecia, el futuro papa Pío X; y el 8 de diciembre de 1896, ingresó en las Hermanas Canosianas, tomando como nombre religioso el de sor Josefina.

En 1902 fue asignada al convento canosiano de Schio, en el norte de Italia, en la provincia de Vicenza, donde permanecería el resto de su vida.

Su estancia más larga en otro lugar fue entre 1932 y 1939, cuando se instaló en el Noviciado Misionero de Vimercate, en Milán, visitando, dedicándose sobre todo a visitar otras comunidades de canosianas en Italia, hablando y compartiendo sus experiencias en África y ayudando a prepararse a hermanas más jóvenes para la vida y el trabajo allí. Un fuerte ánimo misionero la impulsó durante toda su vida puesto que “en su mente siempre estaba Dios y en su corazón, África”.

Durante los 42 años que permaneció en Schio, Bakhita hizo las labores de cocinera, sacristana y portera, permaneciendo constantemente en contacto con la comunidad local. Su gentileza, su voz calmada y su sempiterna sonrisa se hicieron famosas en Vincenza y sus habitantes comenzaron a llamarla Sor Moretta, que significa “hermanita morena”.

Murió en el convento canosiano de Schio , en 1947, a la edad de 78 años. Durante tres días, su cuerpo se expuso para que cientos de personas pudieran presentarle sus respetos. Sus retos mortales fueron transferidos a la Iglesia de la Sagrada Familia del convento Canosiano de Schio en 1969.

El ejemplo de su vida fue usado por el papa Benedicto XVI en la encíclica Spe salvi para hablar de esperanza,13 en donde el papa expone en Bakhita una figura que, con todo en su contra, no pecó de fe y esperanza para alcanzar una felicidad que se encontraba en el mensaje que Dios trata de transmitirnos.

Bakhita es un gran símbolo de nuestra época por muchas razones: de África por su origen, continente en continuas dificultades, guerras, abusos…; del racismo que consume el corazón del ser humano; de la violencia contra mujeres, hombres, niños y niñas obligados a vender sus cuerpos, a luchar en guerras fratricidas, a contemplar la aniquilación de sus seres queridos; símbolo de los emigrantes que por razones violentas lo pierden todo y se ven obligados a huir; símbolo de los pobres y también de la reconciliación.

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